Esta semana es, para mi, Carnevale. En Venecia ha empezado ayer con el Volo dell’Angelo [aquí un post con muchas fotos de este año], mientras que en Pordenone, mi ciudad natal, se celebra los últimos días desde el jueves anterior (Giovedì Grasso) hasta el Martedí Grasso.
El último día es la locura, cuando ir por el centro quiere decir ruido, bromas y espuma de afeitar en la ropa (o en la cabeza). En otras ciudades echan harina, cuentan que incluso huevos. Cuando yo era chica, en Pordenone la espuma de afeitar (mentolada) era lo que se llevaba.
En el colegio, e incluso en el instituto, Martedì Grasso se podía ir disfrazados. Mi fuerte era ir de Pippi Calzelunghe (Pipi Calzaslargas): la cara, el pelo y la mala lengua las tenía naturales. Mi padre ideó una estructura de alambre encima de la cual me hacía las trenzas, que quedaban así perfectamente horizontales (y se podían además doblar cual alas del casco de Asterix).
El dulce más típico y amado de Carnevale, por lo menos al norte, son los crostoli. En Friuli se llaman así, en otras regiones tienen un nombre distinto: galani en Venecia, bugie en Liguria, frappe, chiacchiere, cenci en Toscana. En Galicia están los orejas de Carnaval, en Francia las marveilles y los bottereaux, en Suiza los Fasnachtschüechli. (Si alguien tiene noticia de dulces parecidos en otros países, ¡me encantaría oirlo!)
Éste es sólo uno de los vídeos que hay en You Tube de cómo hacer estos dulces. Cada uno es distinto – la forma de amasar, de extender, de cortar, de freir los dulces es algo distinta en cada uno. Mis cróstoli tienen un poco de cada vídeo. Os invito a fijaros en las tablas de madera encima de la mesa de cocina, en cada vídeo se ve una distinta: es la tabla para hacer la pasta, que está en el cuartucho, o detrás de la puerta, o en un armario, y se saca cuando es un día especial.
Las recetas son todas parecidas: harina y huevo, con levadura, mantequilla y un alcohol aromático (grappa, marsala, sambuca, orujo, oloroso, anís) que se deja reposar para luego extender una masa muy fina.
Es común comprarlos en pastelerías, que logran hacerlos finos y casi impalpables, en la boca se convierten en una nube crujiente de azúcar. En casa salen algo más toscos, pero igual de deliciosos.
Para extender la masa es muy útil tener la máquina de hacer pasta; yo tengo una clásica Imperia (regalo de mi padre cuando me vine a vivir a España). A falta de Imperi, hay que trabajar bien de rodillo. León me ayudó a extender la masa, él accionaba la manivela, yo pasaba los trozos de masa, que según se hacen más finos se vuelven más delicados de manejar.
CROSTOLI
- 350 g de harina de repostería
- 100 g de azúcar
- un huevo y 3 yemas
- una pizca de sal
- 40 g de mantequilla fundida
- 8 g de levadura química
- la ralladura de una naranja y de un limón
- un vasito (50 ml) de orujo, oloroso seco y vino blanco (uno o más de los tres alcoholes, al gusto)
- aceite de oliva y/o de semillas para freír
- azúcar para espolvorear
En un bol juntar todos los ingredientes. Pasar la masa a la encimera y trabajar mucho tiempo hasta que sea homogénea y elástica. Envolverla en película tramsparente y dejar reposar en el frigorífico una media hora.
Extender la masa, un trozo a la vez (del tamaño de una pelota de tenis), en la máquina para la pasta si la tenéis o con un rodillo. Ir recortando la masa, si es posible con una rueda dentada como esta, si no con un cortapizza o un cuchillo, en rectángulos de unos 15 x 8 cm. Incidir también dentro del rectangulo, a lo largo, una o dos veces, para que el cróstolo no se doble sobre si mismo al freir (por esta misma razón es mejor hacer los bordes dentados).
Freír en abundante aceite caliente, retirar con la espumadera en cuanto se hayan hinchado y dorado, dejarlas secar en papel de cocina, espolvorear con azúcar (normal o glas) y servirlas en seguida.
Aguantan dos o tres días en una lata hermética.



















