Estoy otra vez en la terraza del piso de Carlos en Punta Umbría. La terraza es enorme, a la sombra, con vistas a la Ría (y al polo petrolquímico de Huelva, que tiene su encanto). Hemos tenido suerte, este año: buscábamos unas vacaciones a coste casi cero, y este amigo nos ha ofrecido su casa hasta finales de junio. Y en vez de venir hoy por primera vez, la hemos inaugurado hace diez días, con Elena, her wise, y Martitita.
Hemos tenido la suerte de coincidr con la Feria de la Gamba y de la Chirla. Instalados debajo de la terraza, en una gran carpa decorada por gigantescos pinchos de gambas y aceitunes en papier mâche. 
Los espectáculos nocturnos han sido algo problemáticos – conciertos de cantantes locales con bases pregrabadas y bailarinas muslonas, o de una folcórica que se cambiaba de ropa cada tres canciones. A todo volúmen, y no acababan nunca antes de las 2. Para aguantar, hemos tenido que ir de vino blanco di Huelva, fresco fresco, que compraba Elena en sus aventuras por los puestos de la Feria (ya que, como todos saben, Ella No Habla Con nadie). Buenos invitados, los nuestros, ya que despacito despacito se iban tres botellas (además de las cervecitas de aperitivo) cada noche.
Alrededor de la Feria hay todo un negocio de puestos afines. Saliendo de casa pasábamos siempre al lado de este puestecito que tenía sólo camarones, bocas, cangrejos y gambas blancas.
La gamba blanca, pequeña y sabrosa, se pesca en estas costas. Compramos algo en el mercado, 8 euros el kilo. Luego las cocinó Elena, en la sartén, y estabán perfectas así, sencillas. Las hemos comido a la ligera – en la boca aún teníamos el recuerdo del atún rojo que Juan había preparado estilo tataki. Atún rojo, exacto, ese que no se debería comer porque sobre explotado. Pero era tan guapo, rojo y brillante, en el puesto del mercado; y por sólo 18 euros el kilo. Apenas como atún en el año, por una vez que lo encuentro tan bonito, y tan local, qué se supone que tengo que hacer? Para equilibrar las cosas, tomamos también unas veinte sardinas, para asar en la parrilla (sí, el piso también tiene parrilla).
El señor del puestecito estaba entretenido con el reportaje fotográfico que le estábamos haciendo, y no paraba de repetir: “Esta noche habrá más, esta noche!”. Al final no compramos el cucurucho de camarones. Los camarones, gambitas diminutas, grandes como una uña, se comen a manadas, enteros, como si fueran cacahuetes. Saben a mar, crujen un poco en la boca y a veces te encuenras con trozos de bigotes entre los dientes. Por no hablar de la satisfacción de comer un animal entero! Cada vez, me siento Polifemo.





2 respuestas hasta el momento ↓
Comidademama a Siviglia /Punta Umbría « lions and pancakes // 24 Junio, 2009 a 14:58 |
[...] 24 Giugno, 2009 · 2 Commenti versión española [...]
unpapelito // 24 Junio, 2009 a 16:57 |
qué envidia me das!!!